Nota / 68
¿Qué es sentirse retado?
¿De dónde nace retar a alguien?
Reto es una forma de corrección verbal, que nace de estructuras jerárquicas: el adulto al niño, el jefe al empleado, el profesor al alumno. Tiene raíces en la educación tradicional, donde se usa el regaño como herramienta disciplinaria. También puede nacer del miedo, el autoritarismo, o del deseo genuino de guiar.
¿Por qué se reta a la gente?
Pero también puede ser una forma disfuncional de pedir atención, expresar afecto o buscar cercanía, sobre todo si no se aprendió otra manera.
"Te lo digo como un reto" o "esto es un reto" son expresiones coloquiales que indican que lo dicho tiene tono de advertencia o crítica. En algunos contextos, “retar” es simplemente una manera de nombrar el llamado de atención, una forma de lenguaje social, cargada culturalmente.
Porque asocian la atención con el afecto. Si en su historia personal —especialmente en la infancia— la única manera de recibir presencia o reconocimiento era haciendo algo que generara un reto, se puede volver un patrón.
La noción de “bien” y “mal” nace culturalmente, en sistemas de creencias, religiones, estructuras sociales. Pero muchas veces estas nociones son impuestas, arbitrarias, y generan juicios constantes que refuerzan la dualidad y la discriminación.
Análisis en forma de relato: “El Retar”
Sentirse retado no es sólo una reacción ante un llamado de atención. Es una forma de estar en el mundo, una hipersensibilidad que nace muchas veces del dolor no procesado. Es esperar que, hagas lo que hagas, estarás en falta. Como si el afecto, en vez de caricia, solo pudiera venir en forma de castigo.
¿Quién define lo que está bien o mal?
Y entonces, crecen adultos que necesitan ser llamados la atención. No para ser corregidos, sino para que alguien, por fin, les diga: “Te veo”. Aunque sea con enojo.
Hay quienes caminan por la vida como si cada paso fuera motivo de corrección. Viven con el cuerpo en alerta, esperando el grito, la mirada que juzga, la voz que señala el error. Aunque hagan las cosas bien, algo dentro tiembla. Como si, en el fondo, nunca fuera suficiente.
Pero sentirse constantemente retado no es sólo una reacción: es una forma de habitar el mundo. Una herida que se formó, tal vez, en la infancia, cuando confundimos amor con control, afecto con castigo. Aprendimos que para ser vistos había que hacer ruido. Que para merecer atención había que equivocarse primero.
Algunos no buscan molestar, pero lo hacen. No porque quieran problemas, sino porque quieren ser notados. Porque, para muchos, ser corregido fue la única forma en que alguien se detuvo a mirarlos. En esa distorsión, el reto se convirtió en sinónimo de cuidado. Triste, pero real.
¿Y qué es retar? Es corregir desde la jerarquía, desde el poder, desde el miedo. Padres, maestros, jefes: figuras que nos marcaron con su tono elevado y su gesto de desaprobación. Pero, ¿cuántas veces fue el reto una forma de decir “me importás”, sin saber cómo hacerlo de otro modo?
Así crecimos muchos: entre voces que corregían pero no contenían. En sistemas que enseñaban desde la culpa, no desde el respeto. Y entonces, hoy, hay quienes sienten que si no están siendo retados, no existen. Como si el amor sólo pudiera venir envuelto en castigo.
Pero llegó el momento de cambiar esa lógica. No te enfermes de obedecer por miedo. No vivas buscando equivocarte para que alguien te vea. Hoy podés abrazar a ese niño que fuiste y decirle, con ternura:
“Ya no hace falta equivocarse para que te miren. Hoy yo te veo, y eso es suficiente.”
Cuida tu cuerpo como el templo que es. Tu mente como un jardín que merece paz. Tu espíritu como ese pájaro que siempre quiso volar en libertad. Que nadie más te castigue por ser quien sos. Y, sobre todo, que vos tampoco lo hagas.
Preguntate desde dónde corregís. Desde el amor o desde la impaciencia. Desde la escucha o desde la herida. Porque muchas veces, quien parece desobedecer no está buscando molestar: está pidiendo ser escuchado.
En un mundo que nos enseñó a tener miedo al error, a confundir autoridad con grito, es un acto de valentía amar sin castigo. Ver al otro sin corregirlo. Decir “te veo” en vez de “te equivocaste”.
Si sientes que el mundo te observa solo para corregirte, recuerda:
No te enfermes de obedecer por miedo.
Sana, no desde la culpa, sino desde el coraje de amarte.


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