Nota / 64
La ansiedad, una semilla en nuestra naturaleza
Desde el mismo instante en que nacemos, llevamos dentro una chispa de impaciencia. Los niños pequeños lo muestran sin filtros: quieren todo de inmediato, sin entender de esperas ni de tiempos ajenos. Gritan, lloran, estiran sus manos hacia aquello que desean con una urgencia absoluta. Esa ansiedad natural forma parte de nuestro impulso vital, del deseo profundo de alcanzar, de vivir, de experimentar.
Con el paso de los años, aprendemos a modular esa impaciencia, a ocultarla, a adaptarla a las normas del mundo. Sin embargo, cuando algo se desequilibra, esa ansiedad primera puede volver a aparecer, a veces de manera desbordada, pidiéndonos ser atendida, no reprimida. Comprender este origen es una clave fundamental para mirar la ansiedad actual con más compasión y menos culpa.
La ansiedad, en su forma más simple, es una emoción humana natural, una respuesta de nuestro cuerpo ante situaciones de peligro o incertidumbre. Sin embargo, cuando esta respuesta se vuelve persistente, intensa y difícil de controlar, puede transformarse en un trastorno que afecta profundamente la vida de quien lo padece. Comprender qué es el trastorno de ansiedad es el primer paso para poder mirarlo con empatía y, sobre todo, para acompañar mejor a quienes lo transitan.
La ansiedad no es un enemigo que deba ser vencido a la fuerza, sino un mensaje que la vida nos susurra al oído. No aparece para castigarnos, sino para despertarnos, para empujarnos a mirar con valentía lo que hemos evitado demasiado tiempo: nuestras heridas, nuestros miedos, nuestros verdaderos anhelos.
Sanar no significa borrar la ansiedad, sino transformarla. Se trata de aprender a escuchar lo que hay debajo de ella, abrazarlo sin juicio, y darle una nueva forma a través del amor propio, la creatividad y la consciencia. Cada latido acelerado, cada pensamiento inquieto, puede ser la oportunidad para reconectar con la fuerza vital que habita en nosotros.
La ansiedad no es el final del camino: es la invitación a construir uno nuevo. Un camino más auténtico, más libre y más pleno. Atreverse a caminarlo, aunque sea temblando, ya es en sí mismo un acto de valentía y de profunda belleza.
Acto simbólico para reconciliarse con la ansiedad:
Consigue una pequeña caja de madera o cartón, que puedas cerrar con una tapa. Escribe en varios trozos de papel todas las formas en que la ansiedad se manifiesta en ti: sensaciones físicas, pensamientos repetitivos, miedos, recuerdos, imágenes. No censures nada. Escribe todo, aunque parezca absurdo o doloroso. Luego dobla cada papel y mételo en la caja.
Cierra la tapa y átala con un hilo rojo. Durante siete noches consecutivas, coloca la caja bajo tu almohada antes de dormir. Cada mañana, escribe una frase que comience con: "Gracias, ansiedad, por mostrarme..." y completa libremente con lo que descubras.
Al octavo día, lleva la caja a un lugar de la naturaleza (puede ser un parque, un bosque, la orilla del mar) y entiérrala.
Antes de cubrirla con tierra, di en voz alta: "Ya escuché lo que tenías que decir. Ahora puedo caminar sin tus gritos, con tu sabiduría en mi sombra."
Vuelve a casa caminando despacio. No mires atrás.
Este acto no "cura" la ansiedad como una medicina mágica, pero transforma tu relación con ella. La convierte en una maestra en lugar de un castigo, en una señal de vida que pulsa por cambio. Es un ritual de reencuentro contigo mismo, donde el temblor ya no es una debilidad, sino el temblor de una semilla que está por romper la tierra.









Comentarios
Publicar un comentario