Nota / 69
La carencia no es solo
ausencia. Es una sensación honda, a veces inexplicable, que habita en lo más
íntimo del ser. Todos, en algún momento, nos hemos sentido carentes: de
sentido, de pertenencia, de amor, de fe, de voz, de hogar. Esa falta,
muchas veces difícil de nombrar, se convierte en un eje desde el cual actuamos,
pensamos y hasta construimos nuestras relaciones.
Vivimos intentando llenar lo
que no tenemos, compensar lo que falta, equilibrar lo que
internamente se percibe roto o incompleto.
En psicología, uno de
los modos en que respondemos a la carencia es a través de la compensación.
Este mecanismo nos lleva a desarrollar capacidades o conductas que buscan
cubrir debilidades o vacíos. Así, alguien que no se siente físicamente
atractivo puede volverse excepcionalmente carismático. No siempre es
consciente: muchas veces, es el inconsciente, tan sabio como misterioso,
quien guía estas estrategias de supervivencia emocional. En él se aloja una
inteligencia antigua, que sabe que hay que compensar, porque no se puede
vivir mucho tiempo en la falta.
Otro mecanismo común es la formación reactiva o reacción contraria: actuar de forma opuesta a lo que se siente. Una persona carente de seguridad puede mostrarse excesivamente confiada; alguien carente de pertenencia puede exagerar su rol social. El ser humano, ante la escasez, no siempre se retrae: a veces se sobreactúa, se desborda.
Como si una parte interna gritara, sin
palabras, lo que no puede ser dicho.
También está el efecto
de contraste, que intensifica la percepción de lo que se nos presenta luego
de una ausencia. Tras una larga noche, el amanecer parece más luminoso. Después
del abandono, el afecto parece milagro.
La carencia no solo duele, también potencia
la vivencia de lo que viene. En la misma línea, la psicología de la
privación nos muestra cómo el deseo puede surgir o intensificarse a partir
de la escasez: cuanto menos tenemos de algo, más lo buscamos, más lo anhelamos,
más lo idealizamos. Así funciona también la reactancia psicológica:
queremos lo prohibido, lo lejano, lo que nos fue quitado.
La carencia,
entonces, no solo define un estado. También genera movimiento. Nos empuja a buscar
el equilibrio, aunque sea a través de la contraposición. Pero esta
búsqueda no siempre es armónica. Muchas veces, lo que se reprime o se intenta
controlar, explota por otro lado. Porque, como en toda la naturaleza,
las fuerzas se compensan, se corrigen, se rebelan si no encuentran cauce. Luchar
contra la naturaleza es una tarea titánica: adiestrarla es difícil,
reprimirla puede ser peligroso. Y sin embargo, es parte del camino humano.
Reconocer nuestras carencias
no es una derrota, sino un acto de lucidez. Nombrar lo que falta nos
permite dejar de buscarlo a ciegas. Nos vuelve más humanos, más conscientes,
más libres. Al mismo tiempo, nos invita a desarrollar la caridad, no
solo hacia otros, sino hacia nosotros mismos: mirarnos con ternura, comprender
nuestras compensaciones, no juzgar nuestras máscaras, sino entender de dónde
vienen. Porque detrás de cada exceso, cada defensa, cada deseo desbordado, hay
un niño o una parte de nosotros que sintió que no tenía algo esencial.
Lo que falta: un viaje humano a través de la carencia
Hay palabras
que no necesitan definición, porque las sentimos antes de entenderlas. "Carencia"
es una de ellas. No hace falta ser psicólogo, filósofo ni poeta para saber lo
que significa. Basta haber vivido. Basta haber amado y perdido. Basta haber
deseado algo que no llegó, o haber tenido algo que no bastó. La carencia es eso
que se instala en el pecho como una habitación vacía. Es el eco de lo que no
fue, de lo que no tuvimos, de lo que no somos todavía.
En
psicología, la compensación
es una forma en que la psique responde a la carencia. No tengo algo, entonces
desarrollo otra cosa para cubrir ese espacio. No me siento atractivo, pero me
vuelvo extremadamente simpático. No me siento escuchado, así que hablo más
fuerte. No me siento seguro, entonces muestro una confianza que apenas me creo.
El ser humano es creativo incluso en su dolor.
No lo
hacemos por malicia. Lo hacemos por necesidad. Porque no podemos vivir mucho
tiempo sintiendo que algo esencial nos falta. Y como la carencia duele, el
inconsciente —ese sabio profundo que vive debajo de nuestras decisiones
conscientes— diseña estrategias para sobrevivir.
El
contraste: cuando la falta realza lo que llega
Hay un
fenómeno psicológico muy revelador: el efecto de contraste. Cuando
pasamos mucho tiempo sin algo, nuestra percepción se vuelve más sensible.
Después de una noche oscura, cualquier luz parece radiante. Después del
silencio, la voz de alguien querido nos estremece. La carencia no solo genera
dolor; también intensifica
la experiencia del hallazgo.
Y esto nos
lleva a un fenómeno aún más sutil: el deseo inducido por la escasez.
No siempre deseamos lo que necesitamos. Muchas veces deseamos lo que nos fue negado.
Lo prohibido, lo escaso, lo ausente, se vuelve objeto de obsesión. Es la lógica
del deseo humano: cuanto más se nos impide algo, más lo queremos. Como si el
alma, en lugar de resignarse, decidiera resistir.
Luchar contra la naturaleza es increíble (y agotador)
Todo en la
naturaleza tiende al equilibrio. Y eso incluye
nuestra biología, nuestras emociones, nuestras decisiones. Cuando reprimimos
algo, explota por otro lado.
Cuando negamos una carencia, aparece en forma de angustia, insatisfacción,
exceso. Es difícil adiestrar la naturaleza, pero
ignorarla es mucho peor.
El cuerpo
sabe. El inconsciente también. A veces creemos que tenemos el control, pero la
vida emocional tiene sus propios caminos. Si no atendemos nuestras carencias,
ellas hablarán en otro lenguaje: enfermedades, hábitos compulsivos, relaciones
tóxicas. Todo lo que no se nombra se actúa.
Ser
caritativo: también con uno mismo
Hay una
palabra que se parece a "carencia", pero tiene otro aroma: caridad. Y no
se trata solo de dar cosas materiales. La caridad verdadera empieza en la
mirada. En cómo miramos al otro, pero sobre todo cómo nos miramos a nosotros mismos.
Ser caritativo no es compadecerse. Es comprender. Es decir: "Esto también
soy. Esto también me falta. Pero estoy aprendiendo a vivirlo".
Lo que falta no siempre se llena. A veces, se transforma
No siempre
podremos llenar cada vacío. A veces lo que falta se queda. Y está bien. No todo
dolor necesita solución. Algunas carencias solo necesitan ser vistas,
respetadas, nombradas. Otras se transforman con el tiempo en arte, en servicio,
en compasión. Lo importante no es negarlas, sino habitar la vida con honestidad,
con apertura, con coraje.
En el fondo, el ser humano no busca perfección: busca equilibrio. Y en ese equilibrio, la carencia tiene un lugar. Porque gracias a ella, nos movemos, nos descubrimos, crecemos. Porque en esa falta, también está el deseo. Y en el deseo, la chispa que nos mantiene vivos.
La carencia como portal
La carencia no es una
falla. No es un error de diseño ni una debilidad que debe ser eliminada. Es,
muchas veces, una puerta hacia lo esencial. En ella habita el misterio
del deseo, la raíz del movimiento, la chispa del cambio. Lo que nos falta nos
revela lo que valoramos, y también lo que hemos negado de nosotros mismos. No
hay sanación sin mirar lo que falta con amor y verdad.
Aceptar la carencia no
es rendirse, es dejar de luchar
contra una parte nuestra. Es abrazar la falta como se abraza a un niño que
llora: sin juicios, con presencia, con ternura. Porque, quizás, no se trata de
llenarse, sino de reconciliarse con el vacío. Porque en el fondo, el
vacío no está vacío. Está lleno de posibilidades.







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